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Andrés Gómez estrecha la mano de Andre Agassi tras vencerlo en la final de Roland Garros 1990.

Andrés Gómez: “Ganar Roland Garros Hizo La Diferencia En Mi Carrera”

En entrevista con ATPTour.com, el ecuatoriano recuerda la mayor conquista de su carrera, la cotidianidad en aquel año en París y los días entre partidos cuidando a su hijo y jugando Mario Bros en Nintendo.

Cuando Andrés Gómez se descubrió campeón de su primer título de Grand Slam, justo después de un tiro ganador de derecha para prevalecer sobre Andre Agassi por 6-3, 2-6, 6-4, 6-4, el ecuatoriano de entonces 30 años levantó los brazos y miró al cielo, como buscando a su padre Pedro Pablo Gómez, fallecido doce años atrás. Quería compartir su conquista con él, con una de las personas que más lo motivó para empezar a jugar tenis durante la década de los sesenta en las pistas del Guayaquil Tennis Club. La imposibilidad de festejar abrazándolo aumentó la nostalgia en medio del éxtasis, y se le encharcaron los ojos.

Pasaron solo milésimas de segundos desde que ganó Roland Garros 1990, y mientras su cabeza seguía mirando al cielo, consciente de que su triunfo también le pertenecía a su padre, decidió agradecerle en la mente, con la fe de que el mensaje encontrara destinatario. Entonces sí caminó hacia la red y estrechó la mano de Agassi, contrariado por no haber podido levantar su primer título de Grand Slam. “Tranquilo que tú tienes tiempo para ganar el tuyo, pero esta era tal vez mi última oportunidad”, le respondió Gómez, conteniendo momentáneamente su emoción por respeto al rival.

Luego corrió hacia su box, integrado por su equipo, su familia y también por el periodista Bud Collins intentando entrevistar al círculo cercano del hombre del momento en París. Andrés Gómez se abrió paso entre desconocidos, emocionado de cumplir un sueño que nació leyendo la World Tennis Magazine que llegaba a Guayaquil con dos meses de retraso, y coleccionando afiches de sus ídolos como Bjorn Borg. Necesitaba un cómplice para celebrar su hazaña. Y una vez llegó hasta el box, se encontró primero con Juan Andrés, de dos años y medio. El abrazo que unos minutos antes no pudo recibir como hijo, ahora lo daba como padre.

***

Tres semanas antes, cuando Andrés llegó a París, no parecía tan probable que se consagrara campeón. Es verdad que era el No. 7 del ranking y el cuarto cabeza de serie del evento. Y venía de conquistar los títulos de Barcelona y Madrid, y de alcanzar las semifinales en Roma (p. con Muster). Pero los focos del favoritismo alumbraban con más intensidad a otros. “Recuerdo que en el grupo de máximos candidatos estaban [Thomas] Muster, Agassi y [Andrei] Chesnokov. En otro grupo estábamos [Stefan] Edberg, [Boris] Becker, [Henri] Leconte y yo”, reconoce el zurdo nacido en 1960 en Guayaquil, Ecuador.

Sin embargo, el ecuatoriano superaba en edad al resto de candidatos. Incluso, era el séptimo jugador más veterano de todo el cuadro principal, y el único preclasificado con 30 años o más. Algunos podían pensar que la oportunidad de ganar su primer título de Grand Slam ya había pasado, que su cuerpo ya no aguantaba los rigores de un torneo de dos semanas con partidos de hasta cinco sets. Además, había caído en segunda ronda en sus dos últimas presentaciones en Roland Garros, su ‘major’ favorito. Y la derrota de 1989, ante el suizo Jakob Hlasek, lo sumió en una de las peores crisis de su carrera.

“No venía jugando bien, me estaba acercando a los 30 años y me empecé a cuestionar ciertas cosas”, asegura Gómez en una larga conversación con ATPTour.com. Luego de ser eliminado en Roland Garros 1989, llegó a pensar en regresar a su casa en Florida, Estados Unidos, y saltarse Wimbledon. Pero su agente lo convenció de viajar a Londres para que hablara con un posible nuevo entrenador: el chileno Patricio ‘Pato’ Álvarez. De su mano, Andrés volvería al Top-10 y encararía Roland Garros 1990 con esperanza.

Aun así, la juventud de sus rivales amenazaba con dejarlo otra vez con las manos vacías en un major. “Necesito un cuadro que me permita llegar a la segunda semana sin desgaste”, recuerda Andrés que pensó. Y la vida concedió su deseo: solo enfrentaría rivales por fuera del Top-50 camino a octavos de final. Sin embargo, todavía debía lidiar con algo más. En comparación con la mayoría de los participantes del torneo, Andrés tenía otras responsabilidades en su vida: Anna María, su esposa desde 1986, y su hijo Juan Andrés.

“Para esa gira por Europa, que empezó en Estoril, no pudimos conseguir una persona que nos ayude con los cuidados de mi hijo. Y así decidimos viajar. Yo tenía una maleta, mi esposa, dos. Y el resto eran de mi hijo, llenas de juguetes y hasta un triciclo porque había que ingeniárselas para entretenerlo. Todo giraba alrededor del tenis, pero a mí me tocaba estar con mi hijo también y colaborar”. Ese año en París, Andrés fue menos tenista que esposo y niñero de su hijo. Eso, paradójicamente, fue fundamental para terminar triunfando.

Andres Gomez

Para poder cumplir con todos los roles, estableció rutinas fijas. Se despertaba temprano y desayunaba en en el restaurante del hotel ubicado en la Plaza de la Concordia, desde donde podía divisar la Torre Eiffel. Leía en los periódicos la antesala del Mundial de Italia 90, y los resultados de los Play-offs de la NBA. Su equipo, los New York Knicks, habían sido eliminados días atrás por los Detroit Pistons, pero le gustaba seguir informándose por su vieja pasión por el basquetbol. Luego partía hacia la sede de Roland Garros.

En días de competencia, llegaba cuatro horas antes a la sede del torneo, le hacían terapia (algunas veces con electrodos para relajar el hombro, resentido unos años atrás), se vendaba los tobillos para no reavivar la vieja lesión de 1988, alistaba sus doce raquetas —cada una con 56 libras de tensión—, entrenaba, se bañaba, le practicaban una nueva terapia (muchas veces con hielo para el tobillo y el hombro), almorzaba, estiraba y preparaba el partido con su entrenador ‘Pato’ Rodríguez. En la noche, ya en familia y tras una nueva victoria, comían en el hotel o pedían comida a un restaurante vietnamita.

Y durante los días sin partidos, llegaba lo más temprano posible a la sede, y a las tres de la tarde ya estaba de vuelta en el hotel, disponible para su familia. Caminaban por los Campos Elíseos, llevaban a Juan Andrés a alguna juguetería, pintaba con él y lo acompañaban en su siesta. Cuando Andrés no lograba conciliar el sueño, oía música, jugaba Mario Bros en el Nintendo que nunca faltaba en sus giras, o un juego de golf en el novedoso Game Boy, lanzado un año antes en Japón. Y en la noche cenaban en una trattoría, siempre en la misma mesa.

Su vida alcanzó cierto grado de cotidianidad en París. Una cotidianidad muy familiar. Entre otras porque fueron más los días sin competencia durante esa quincena. Y esas rutinas que creó fuera de la pista lo rescataron de la ansiedad durante la espera de casi cinco días para poder disputar los cuartos de final, una ronda que ya había alcanzado cinco veces en Grand Slams. “Yo había jugado lunes, miércoles y viernes en la primera semana. Pero gracias a ganar sin jugar en octavos, por lesión de mi rival [Gustafsson], no volví a jugar hasta el miércoles de la siguiente semana. ¡Estuve cuatro días y medio sin competir!”.

“Los días se hacían larguísimos”, continúa Andrés sobre su preocupación de entonces por perder ritmo de competencia. “Encima, en esa época en París anochece muy tarde. Eso me creó inconvenientes. Lo máximo que pudimos hacer fue simular una jornada el lunes de la segunda semana. Jugué dos sets con Alberto Mancini. Y seguí las rutinas que me ayudaron a sentir que continuaba en competencia. Aun así, cuando jugué con Champion, tuve la sensación de que había empezado otro torneo”.

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Y en ese nuevo torneo dentro del mismo Roland Garros, Andrés siguió arrollando. Y buscando la manera de tranquilizar la ansiedad, ya no por ausencia de competencia sino por la cercanía con un objetivo tan buscado como esquivo en su vida. “Okey, ya estoy en semifinales, pero tengo que seguir viviendo. No puedo pensar todo el día en tenis”, reflexionó al clasificar a semifinales de un Grand Slam por primera vez en su vida. Le esperaba el No. 9 Thomas Muster, su verdugo unas semanas atrás en Roma.

Se aferró a las rutinas para obtener revancha ante el austriaco, y también para prevalecer en dos horas y media frente al No. 5 Agassi en la final, disputada el domingo 10 de junio. “Hay que sacar los nervios y la ansiedad con rituales: oyendo música, estirando, estudiando al rival. Las rutinas me tranquilizaron siempre. Y en París no fue la excepción. Cuando entraba a la cancha y golpeaba por primera vez la pelota, ya me sentía cómodo, en mi elemento”. Gracias a los hábitos se olvidó de las presiones a sí mismo, así como de la juventud y del favoritismo de los últimos dos rivales del evento.

La experiencia y su juego clásico, que incluía incursiones a la red inmediatamente después de los servicios, pesaron más que la rebeldía y la potencia de fondo de Muster y Agassi en el desenlace de Roland Garros 1990. Y así se hizo a su vigésimo título en el ATP Tour, que le garantizó su primera irrupción en el Top-4 del FedEx ATP Ranking y que lo convirtió en el primer campeón sudamericano de un Grand Slam desde que el argentino Guillermo Vilas se consagrara en Australia 1979.

“Ganar París fue lo máximo de mi carrera, que hasta ese momento había contado con muchas semanas en el Top-10 y varias (4) clasificaciones a las Finals. Había ganado torneos importantes como Barcelona, Roma, eventos importantes de los ochenta como Indianápolis y Boston. También había sido No. 1 de dobles luego de ganar un par de Grand Slams en la modalidad. Pero faltaba ese torneo que hiciera la diferencia en mi carrera, y se dio en París. Lo estuve buscando por mucho tiempo y finalmente se consiguió”.

Entre más tiempo pasa desde esa histórica conquista, mayor valor parece otorgarle. La perspectiva lo ha ayudado a dimensionar cada vez más la importancia de prevalecer en un torneo tan difícil. Tanto así que ha llegado a dudar de haberlo conseguido. “¿Cómo pude ganarlo?”, piensa asombrado, especialmente cuando se disputa Roland Garros y se cumple un año más de su victoria. La respuesta es clara. No solo había sumado méritos. Además, en aquel verano europeo, todo se alineó a su favor para hacer más inolvidable su paso por el ATP Tour.

El camino de Gómez en Roland Garros 1990

Ronda
 Oponente  Resultado
Final
 Andre Agassi (USA)
 6-3, 2-6, 6-4, 6-4
Semifinal
 Thomas Muster (AUT)
 7-5, 6-1, 7-5
Cuartos de final   Terry Champion (FRA)
 6-3, 6-3, 6-4
Octavos de final
 Magnus Gustafsson (SWE)
 W/O
Tercera ronda
 Alexander Volkov (RUS)
 6-2, 7-5, 4-6, 6-3
Segunda ronda
 Marcelo Filippini (URU)
 7-6, 6-2, 6-1
Primera ronda
 Fernando Luna (ESP)
 7-6, 6-1, 7-6