España y Argentina se medirán el domingo por la Copa del Mundo de fútbol, pero el pulso entre ambos países lleva décadas encontrando otro escenario natural en el tenis. Dos escuelas construidas alrededor de la tierra batida, la resistencia y la capacidad para competir han producido generaciones enteras de campeones, cruces de Copa Davis y partidos que marcaron carreras.
La final del Mundial ofrece una excusa perfecta para mirar hacia atrás y recuperar cinco rivalidades que explican esa relación. No todas tuvieron el mismo volumen ni alcanzaron la misma dimensión, pero cada una dejó una historia distinta: el relevo por el dominio de la tierra, el choque entre generaciones, la amenaza de un talento capaz de desmontar a Rafael Nadal o la batalla entre dos jugadores que encontraron en el otro una medida especialmente exigente.
Nadal-Del Potro: potencia, resistencia y grandes escenarios
Rafael Nadal y Juan Martín del Potro construyeron la rivalidad más importante de la etapa moderna entre un jugador español y uno argentino. Se enfrentaron 17 veces, con un balance de 11-6 para el español, pero los números apenas resumen una serie que pasó por los cuatro Grand Slam, los Juegos Olímpicos y la final de la Copa Davis.
El contraste estaba servido desde el primer golpe. Nadal trataba de estirar el punto, elevar la pelota sobre el revés y obligar al rival a jugar siempre un golpe más. Del Potro buscaba justo lo contrario: acortar, acelerar con la derecha y quitarle tiempo. Cuando el argentino conseguía instalarse dentro de la pista, su potencia podía romper incluso la defensa más resistente.
La primera gran advertencia llegó en el US Open de 2009. Del Potro derrotó a Nadal en semifinales y, dos días después, frenó a Roger Federer en la final para conquistar el único Grand Slam de su carrera. El argentino tenía 20 años y se convirtió en campeón dejando atrás a los dos jugadores que habían dominado el torneo masculino durante la segunda mitad de la década.
Nadal encontraría respuestas en otros escenarios. Le venció en la final de la Copa Davis de 2011, en Sevilla, en un partido que terminó de inclinar la eliminatoria hacia España. También le detuvo en Wimbledon, donde sus enfrentamientos exigían una adaptación diferente: menos tiempo para defender, más importancia del saque y la necesidad de tomar la iniciativa antes.
Pero Del Potro volvió a tocar una fibra especial en Río de Janeiro. En las semifinales olímpicas de 2016 ganó por 5-7, 6-4 y 7-6(5), después de un partido cargado de tensión que se resolvió en el desempate definitivo. Nadal regresaba de una lesión y Del Potro intentaba reconstruir su carrera después de varias operaciones. El abrazo final resumió una rivalidad durísima, aunque siempre sostenida por el respeto.
Dos años después volvieron a encontrarse en los cuartos de final de Wimbledon. Nadal necesitó cuatro horas y 48 minutos y cinco sets para superar al argentino. El partido tuvo todo lo que representaba su historia: la derecha de Del Potro golpeando sin miedo, Nadal defendiendo desde posiciones imposibles y ambos negándose a abandonar un intercambio antes que el otro.
No fue una rivalidad de enemistad ni de provocaciones. Fue algo más deportivo y quizá más puro: dos campeones con armas opuestas que sabían que, para ganar, debían soportar la mejor versión del otro.
Ferrero-Coria: la disputa por el trono de la tierra
Antes de que Nadal transformara la tierra batida en territorio propio, Juan Carlos Ferrero y Guillermo Coria protagonizaron una lucha breve, pero reveladora, por convertirse en la referencia de la superficie.
Ferrero había llegado primero. Finalista de Roland Garros en 2002, campeón en 2003 y No. 1 del PIF ATP Rankings aquel mismo año, el valenciano representaba una versión moderna del especialista en tierra: rápido, agresivo desde el fondo y preparado para competir también fuera de ella.
Coria apareció inmediatamente detrás. Más ligero, eléctrico y dotado de una capacidad extraordinaria para cambiar direcciones, el argentino construyó durante aquellos años una de las mejores versiones sobre arcilla del circuito. Su juego parecía diseñado para desmontar al rival punto a punto: devolución temprana, desplazamiento impecable y una facilidad especial para convertir la defensa en ataque.
Su enfrentamiento más simbólico llegó en la final de Montecarlo de 2003. Ferrero, defensor del título, se impuso por 6-2 y 6-2. No fue solamente otra victoria en su mejor temporada. Fue una afirmación de jerarquía ante el jugador que empezaba a amenazar su posición en la tierra europea.
Aquella derrota no detuvo a Coria. El argentino ganó Hamburgo pocas semanas después y alcanzó las semifinales de Roland Garros. En 2004 regresó todavía más fuerte: conquistó Montecarlo y llegó a la final de París como gran favorito, antes de sufrir una de las derrotas más dolorosas de la historia del torneo ante Gastón Gaudio.
Ferrero y Coria terminaron su serie particular igualados a tres victorias. Ese equilibrio describe bien su convivencia. El español tuvo la primera gran temporada y alcanzó el No. 1; el argentino asumió el relevo en la tierra, aunque nunca pudo culminarlo con el título de Roland Garros.
Su rivalidad fue corta porque sus mejores momentos apenas coincidieron. Cuando Coria alcanzó su cima, Ferrero empezó a sufrir problemas físicos. Y cuando ambos intentaron recuperar terreno, Nadal ya había cambiado por completo las reglas de la superficie.
Durante un instante, sin embargo, el dominio de la tierra pasó por sus partidos.
Corretja-Gaudio: el maestro y el heredero incómodo
Àlex Corretja y Gastón Gaudio se enfrentaron siete veces, con un balance de 6-1 para el español. El dato podría sugerir una rivalidad demasiado desequilibrada, pero sus partidos representan algo más amplio: el encuentro entre una generación española ya consolidada y el grupo argentino que empezó a reclamar su espacio en el circuito de tierra.
Corretja era uno de los grandes modelos de regularidad de finales de los años 90. Había alcanzado dos finales de Roland Garros, ganado las Nitto ATP Finals en 1998 y construido su carrera alrededor de una mezcla de disciplina, profundidad y paciencia. No necesitaba dominar cada punto. Le bastaba con jugarlo mejor que el rival durante más tiempo.
Gaudio era otra cosa. Su revés a una mano podía abrir la pista desde cualquier posición, pero su tenis estaba atravesado por cambios emocionales continuos. Podía producir momentos de enorme belleza y, poco después, perder el hilo de un partido. Esa inestabilidad terminaría formando parte de su identidad, aunque también le permitió jugar sin freno cuando encontraba confianza.
El único triunfo de Gaudio ante Corretja llegó en Barcelona en 2000. El español se llevó el primer set por 6-0, pero el argentino reaccionó para ganar los dos siguientes. Fue una de esas victorias que anticipaban el potencial de Gaudio: incluso en un partido que parecía perdido, tenía golpes suficientes para modificar por completo el escenario.
Corretja, sin embargo, controló el resto de la serie. El duelo más importante se produjo en la final de Gstaad de 2002. El español ganó por 6-3, 7-6(3) y 7-6(3) para conquistar uno de los últimos títulos de su carrera. Gaudio venía de ganar en Barcelona y Mallorca durante una primavera en la que ya había confirmado su lugar entre los mejores jugadores de tierra del mundo. Corretja utilizó la experiencia para cerrarle cada puerta.
Dos años más tarde, Gaudio conquistó Roland Garros. Corretja ya había dejado atrás sus mejores temporadas, pero aquella victoria del argentino cerró de alguna forma el relevo entre dos épocas. El español había sido finalista en París en 1998 y 2001; Gaudio consiguió en 2004 el título que siempre se le resistió.
Su rivalidad no fue equilibrada, pero sí significativa. Corretja mostró durante años cómo debía construirse una carrera desde la constancia. Gaudio terminó demostrando que un jugador también podía alcanzar la cima desde el desorden, la inspiración y una confianza encontrada en el momento menos esperado.
Moyà-Nalbandian: la final de Roma y dos maneras de atacar
Carlos Moyà y David Nalbandian se cruzaron siete veces. El argentino terminó por delante 4-3, aunque el partido más importante fue para el español: la final del ATP Masters 1000 de Roma de 2004.
Ambos tenían una capacidad poco habitual para mandar desde el fondo, pero lo hacían de formas distintas. Moyà construía alrededor de la derecha. Buscaba el golpeo invertido, desplazaba al rival hacia su revés y trataba de abrir espacio para terminar. Nalbandian, en cambio, podía dominar desde los dos lados. Su revés paralelo era una amenaza constante y su lectura del juego le permitía adelantarse a la dirección del siguiente golpe.
En Roma, Moyà no permitió que el argentino organizara el partido. Ganó por 6-3, 6-3 y 6-1, en una final todavía disputada al mejor de cinco sets. Fue uno de sus mayores títulos después de Roland Garros 1998 y una demostración de autoridad sobre una superficie en la que Nalbandian, pese a no ser considerado un especialista puro, podía competir contra cualquiera.
El argentino había ganado dos de los tres primeros enfrentamientos entre ambos, en Palermo y Estoril, cuando todavía estaba construyendo su sitio en el circuito. Moyà respondió después en Roma y volvió a imponerse en Cincinnati. Nalbandian se llevó dos partidos más, en Barcelona y París, ambos en 2007.
Aquellos cruces finales mostraron la evolución de sus carreras. Moyà estaba entrando en la última etapa de su trayectoria; Nalbandian atravesaba uno de sus mejores momentos. En Madrid, el argentino llegó a derrotar de manera consecutiva a Roger Federer, Nadal y Novak Djokovic, una hazaña que confirmó hasta dónde podía llevarle su talento cuando encontraba continuidad.
Moyà y Nalbandian no compartieron un Grand Slam decisivo ni una eliminatoria de Copa Davis que elevara su rivalidad a otra dimensión. Aún así, sus partidos reunieron a dos de los mayores talentos de sus generaciones y permitieron observar dos formas muy diferentes de apoderarse de la pista.
Nadal-Nalbandian: el rival que encontró la grieta
David Nalbandian ganó sus dos primeros partidos ante Rafael Nadal. Lo hizo, además, sin perder un set: en los cuartos de final de Madrid de 2007 y en la final de París de aquel mismo año.
No era una coincidencia.
El juego del argentino atacaba varios de los fundamentos sobre los que Nadal construía su dominio. Nalbandian recibía la pelota pronto, cambiaba la dirección con facilidad y podía golpear el revés de forma limpia incluso cuando el español cargaba el intercambio con altura. Allí donde otros rivales quedaban empujados varios metros por detrás de la línea, él encontraba una forma de mantenerse encima de la pista.
En Madrid ganó por 6-1 y 6-2. En París volvió a imponerse, esta vez por 6-4 y 6-0. Durante aquellas semanas, Nalbandian derrotó a los tres primeros jugadores del mundo y produjo uno de los mejores tramos de tenis de su carrera. Nadal, acostumbrado a encontrar respuestas a través de la insistencia, se encontró ante un rival que le quitaba tiempo continuamente.
Durante casi dos años, el argentino mantuvo ese balance favorable. La situación cambió en Indian Wells 2009. Nalbandian tuvo cinco puntos de partido, pero Nadal sobrevivió, ganó el segundo set en el tie-break y terminó imponiéndose por 3-6, 7-6(5) y 6-0. Fue el giro de la rivalidad. A partir de entonces, el español ganó los cinco enfrentamientos restantes y cerró la serie con un 5-2.
Nadal aprendió a defender mejor la línea, a utilizar el saque para impedir que el argentino tomara la iniciativa y a aceptar que los intercambios no podían construirse siempre desde el mismo patrón. Nalbandian siguió incomodándole, pero dejó de controlar los momentos decisivos.
Su último partido llegó en la final de Sao Paulo de 2013. Nadal ganó por 6-2 y 6-3, apenas unos días después de regresar al circuito tras una ausencia de siete meses por lesión. Para el español, aquel título formó parte del inicio de una recuperación extraordinaria. Para Nalbandian, fue una de sus últimas finales antes de retirarse.
La rivalidad tuvo solo siete capítulos, pero dejó una enseñanza duradera. Pocos jugadores entendieron tan bien cómo atacar el tenis de Nadal. Y todavía menos consiguieron obligarle a modificarlo.
Así, España y Argentina han compartido algo más que una tradición sobre tierra batida. Han producido tenistas que entienden la competición desde lugares parecidos: la paciencia, la resistencia, el valor del punto largo y la convicción de que un partido no termina mientras quede una pelota por jugar.
Por eso sus rivalidades rara vez fueron cómodas. Ferrero y Coria discutieron quién debía gobernar la tierra antes de Nadal. Corretja midió la llegada de Gaudio. Moyà y Nalbandian enfrentaron dos maneras de tomar la iniciativa. Nalbandian encontró durante un tiempo la fórmula para desactivar al mejor jugador español de la historia. Del Potro llevó a Nadal hasta algunos de los límites más exigentes de su carrera.
El domingo, España y Argentina buscarán la Copa del Mundo en Nueva York. Será el partido más grande de su historia futbolística común y reunirá a dos selecciones que llegan desde lugares diferentes: la campeona de Europa frente a la defensora del título mundial.
En el tenis nunca necesitaron una final de ese tamaño para construir una rivalidad. Les bastó una pista, una red y dos jugadores convencidos de que el otro no iba a regalar nada.