Mientras España y Argentina vuelven a cruzar sus caminos en una gran final, aunque esta vez sobre un campo de fútbol, hace tiempo que ambos países encontraron una alianza casi perfecta en una pista de tenis. Marcel Granollers y Horacio Zeballos representan desde hace más de siete años una de las asociaciones más exitosas y longevas del circuito, una pareja que nació casi por casualidad y que ha terminado escribiendo una de las historias más importantes del dobles moderno.
Cuando comenzaron a jugar juntos en el verano de 2019, pocos podían imaginar que aquella unión acabaría convirtiéndose en una referencia de la modalidad. Los resultados llegaron prácticamente desde el primer momento. En su primer torneo como pareja, el ATP Masters 1000 de Canadá, levantaron el título. Apenas unas semanas después alcanzaban la final del US Open, una demostración de que aquello no era una buena racha pasajera, sino el inicio de un proyecto con recorrido.
La realidad es que ambos llegaban en momentos muy distintos de sus carreras, pero con una idea común. Granollers, que había desarrollado buena parte de su trayectoria alternando individuales y dobles, había decidido concentrar todos sus esfuerzos en esta modalidad. Zeballos, por su parte, también había comprendido que el dobles era el escenario donde podía explotar todo su talento. La combinación resultó inmediata.
No solo por cuestiones tenísticas.
Granollers aporta orden, lectura táctica y una de las mejores voleas del circuito. Zeballos, zurdo y con una enorme sensibilidad en la mano, ofrece creatividad, ángulos imposibles y un servicio que cambia constantemente las trayectorias del punto. Pero el verdadero secreto de la pareja probablemente nunca haya estado en la técnica, sino en la convivencia.
A lo largo de estos años han insistido una y otra vez en que disfrutan del día a día tanto como de los partidos. Viajan juntos, entrenan juntos y comparten un grupo de trabajo que apenas ha cambiado con el paso del tiempo. Esa estabilidad les ha permitido construir una confianza poco habitual en un circuito donde muchas parejas apenas duran una temporada.
Los resultados terminaron llegando de forma natural.
Tras aquel estreno soñado en Montreal fueron acumulando títulos hasta convertirse en una presencia habitual en las rondas finales de los grandes torneos. Ganaron ATP Masters 1000 como Roma, Madrid o Cincinnati, se consolidaron entre las mejores parejas del mundo y alcanzaron el número uno del ranking de dobles, un reconocimiento que confirmaba el nivel de un proyecto que llevaba años llamando a la puerta.
Sin embargo, durante mucho tiempo hubo una espina que parecía resistirse.
Los Grand Slam.
Llegaban lejos con frecuencia, pero siempre aparecía un último obstáculo. Perdieron la final del US Open en 2019. Después llegaron las derrotas en Wimbledon 2021 y Wimbledon 2023. Aquella generación extraordinaria de doblistas parecía condenarles a quedarse siempre muy cerca.
Lejos de romper la pareja, esas derrotas la fortalecieron.
Granollers y Zeballos nunca buscaron soluciones fuera. Nunca cambiaron de compañero. Nunca pensaron que el problema estuviera en la sociedad. Siguieron insistiendo con la misma fórmula hasta que París cambió por completo la historia.
En Roland Garros 2025 conquistaron, por fin, su primer Grand Slam juntos. Aquella victoria liberó un peso que ellos mismos reconocieron después en numerosas ocasiones. Ya no competían con la ansiedad de perseguir el gran título que faltaba. Lo habían conseguido.
Y, como suele ocurrir muchas veces en el deporte, el primero abrió la puerta a los siguientes.
Meses después levantaron el US Open y, este mismo año, regresaron a París para defender con éxito la corona de Roland Garros. Ya suman tres títulos de Grand Slam como pareja, además de dieciséis trofeos en total desde que comenzaron a jugar juntos en 2019, una cifra que les sitúa entre las asociaciones más exitosas de la última década.
Lo más llamativo quizá sea que su mejor momento ha llegado cuando muchos pensaban que el tiempo jugaba en su contra.
Granollers supera ya los 40 años. Zeballos también ha rebasado esa barrera. En una época donde cada vez aparecen jugadores más jóvenes y explosivos, ellos han demostrado que el dobles sigue premiando cualidades diferentes: la experiencia, la intuición, la comunicación y la capacidad para entender al compañero casi sin hablar.
Hay puntos en los que apenas necesitan mirarse para saber hacia dónde se moverá el otro.
Esa compenetración solo se consigue con años de competición compartida.
Mientras muchas parejas cambian constantemente de compañero buscando resultados inmediatos, ellos han apostado por la continuidad. Y esa continuidad ha terminado convirtiéndose en una ventaja competitiva.
Su historia también tiene un simbolismo especial.
En un deporte eminentemente individual, un español y un argentino han construido una de las sociedades más estables del tenis mundial. Han celebrado títulos en París, Nueva York, Roma o Madrid sin que nunca importara demasiado de qué lado del Atlántico había nacido cada uno.
Por eso resulta inevitable pensar en ellos cuando España y Argentina vuelven a encontrarse en una gran final.
Mientras las selecciones pelean por un Mundial, Granollers y Zeballos llevan años demostrando que las dos escuelas tenísticas pueden convivir en el mismo lado de la red. Que la pasión argentina y el orden competitivo español no solo son compatibles, sino que pueden convertirse en una combinación prácticamente perfecta.
En el deporte casi siempre se habla de rivalidades entre ambos países. Ellos eligieron otro camino.
Y terminaron haciendo historia juntos.