El saque volvió a dejar señales importantes en el estreno de Carlos Alcaraz en la nueva temporada. No tanto por los números; por las sensaciones. Por la naturalidad del gesto. Por la calma con la que ejecutó un golpe que durante años ha sido más funcional que determinante en su juego, pero que ahora empieza a adquirir un peso distinto dentro de su arquitectura tenística.
El propio Alcaraz lo señaló sin rodeos tras el partido ante Adam Walton, consciente de que ahí había un punto de inflexión, aunque sin necesidad de subrayarlo como una revolución técnica.
“Sí, la verdad es que yo creo que ha ido muy bien, es más, diría que ha sido una de las mejores cosas de las que he hecho hoy en el partido, o al menos esa es mi sensación en cuanto a golpes”, aseguró el No. 1 del PIF ATP Rankings.
No es una frase lanzada al aire. En Alcaraz, las referencias al saque suelen llegar solo cuando el golpe le devuelve sensaciones claras. Y esta vez, lo que apareció fue comodidad. Continuidad. Una sensación de control que va más allá de la potencia.
Porque el cambio, insiste el murciano, no nace de una decisión drástica ni de una mesa de trabajo en la que se decide romper con lo anterior. Al contrario. Es una evolución casi orgánica, acumulativa, fruto del tiempo y de la escucha constante a su propio cuerpo.
“Para mí no ha sido un cambio en el que hayamos meditado, en el que nos hayamos sentado y hayamos dicho que tenemos que cambiar la mecánica del saque”, dijo el murciano. "Como he dicho, yo creo que los jugadores vamos haciendo pequeños cambios unos mismos y poco a poco me fui encontrando muy cómodo con esta mecánica y este movimiento de saque”.
Ahí está la clave. No hay ruptura, hay proceso. Alcaraz no habla de un antes y un después, sino de un trayecto. De pequeñas modificaciones casi imperceptibles que, con el paso de los meses, acaban construyendo un gesto más eficiente, más estable y, sobre todo, más suyo.
El objetivo final tampoco es esconderse: eliminar la tensión innecesaria. Quitarle peso a la fuerza bruta para ganar ritmo y fluidez. Un saque menos forzado, más calmado, que le permita sostener el nivel durante partidos largos y semanas exigentes.
“Encontrando al final el objetivo final que era hacerlo sin fuerza, con mucha calma y mucha tranquilidad en el movimiento y lo conseguimos de esta manera, me siento cómodo y yo creo que el saque ha sido un gran arma que poco a poco iré mejorando, pero hasta el día de hoy estoy contento con ello”.
La palabra “arma” no es casual. Históricamente, el saque de Alcaraz ha sido un golpe útil, aunque con etiquetas. La sensación ahora es distinta: no necesita forzarlo para que haga daño. Le basta con colocación, ritmo y confianza en la mecánica.
Y eso, a largo plazo, puede tener un impacto profundo en su tenis. Más puntos gratis. Menos desgaste. Más control emocional en los inicios de juego. Un primer golpe que no solo abre el intercambio, sino que empieza a condicionarlo.
Alcaraz no persigue convertirse en un sacador dominante al estilo clásico. Su identidad sigue estando en el juego completo, en la capacidad de adaptación, en la agresividad desde el fondo. Pero este saque —más tranquilo, más fluido, más natural— apunta a algo igual de valioso: sostener su tenis en el tiempo.
Sin ruido. Sin proclamaciones. Como casi todo en su evolución: paso a paso.