Rafa Jódar lleva tantos meses incorporando nuevas capas a su tenis que empieza a resultar complicado definir cuál es la que mejor explica su ascenso. Ha ganado construyendo puntos desde el fondo, atacando, defendiendo, resolviendo partidos a cinco sets, adaptándose a superficies prácticamente desconocidas y manteniendo el nivel durante semanas consecutivas. En Cincinnati añadió una más.
También sabe sobrevivir cuando el partido parece perdido.
Denis Shapovalov llegó a colocarse 5-1 en el tercer set del estreno del madrileño en el Cincinnati Open. Dos breaks de ventaja, un jugador de enorme experiencia al otro lado de la red y un Jódar que venía de exprimir las tres semanas anteriores hasta el último tramo, alcanzando la final en Washington y las semifinales del ATP Masters 1000 de Canadá.
El desenlace parecía escrito.
No para él.
A los 19 años, Jódar levantó dos puntos de partido, ganó seis juegos consecutivos y terminó imponiéndose después de casi tres horas. Una remontada difícil de explicar únicamente desde el tenis y que añade otra muestra a la creciente colección de registros que está descubriendo durante su primera temporada completa en el ATP Tour.
Porque lo verdaderamente interesante de Jódar empieza a estar ahí.
No en que pueda jugar bien un partido. Ni siquiera en que haya conseguido instalarse en el No. 11 del PIF ATP Rankings con apenas 19 años. Lo llamativo es la cantidad de maneras diferentes que está encontrando para competir con jugadores que llevan mucho más tiempo que él recorriendo estos escenarios.
Shapovalov era precisamente uno de ellos.
El canadiense ha sido No. 10 mundial, semifinalista de Wimbledon y campeón de 4 títulos en el ATP Tour. Posee además un tipo de tenis especialmente peligroso cuando consigue jugar con ventaja: zurdo, agresivo, con capacidad para acelerar prácticamente desde cualquier posición y un servicio que puede reducir enormemente los intercambios.
Jódar comenzó el año intentando abrirse paso definitivamente en el circuito. Ahora es No. 11 del mundo, está metido de lleno en la pelea por clasificarse para las Nitto ATP Finals y llega a cada gran torneo convertido en uno de los jugadores que los demás prefieren evitar.
El último mes ha acelerado todavía más ese proceso.
Washington descubrió a un Jódar capaz de trasladar a la pista dura el nivel que había construido durante la primavera. Llegó hasta la final de un ATP 500 y, cuando podía esperarse cierta relajación después de semejante esfuerzo, viajó a Canadá para hacerlo todavía mejor.
Allí alcanzó sus primeras semifinales de un ATP Masters 1000.
No tuvo prácticamente margen entre ambos torneos. Acumuló partidos, viajes y horas sobre la pista, pero consiguió mantener el nivel hasta caer ante Brandon Nakashima a un paso de otra final. El propio Jódar descartó entonces utilizar el cansancio como explicación y prefirió quedarse con todo lo aprendido durante la semana.
Cincinnati planteaba otra pregunta.
¿Cómo se vuelve a empezar después de algo así?
La respuesta terminó llegando de la manera menos convencional posible.
Esta vez no hubo una victoria controlada ni un partido resuelto desde una posición favorable. Hubo que jugar desde el precipicio. Cuando Shapovalov consiguió el segundo break del tercer set y abrió una distancia de 5-1, Jódar se encontró en una situación donde ya no bastaba con jugar mejor.
Necesitaba que ocurrieran muchas cosas.
Y, sobre todo, necesitaba permanecer allí para aprovecharlas si ocurrían.
Esa es una cualidad que está apareciendo repetidamente en su tenis: Jódar concede muy poco espacio a la derrota antes de que la derrota exista de verdad.
Con 1-5 siguió jugando.
Con Shapovalov sirviendo para cerrar el partido, siguió jugando.
Con dos puntos de partido en contra, siguió jugando.
Y cuando apareció una pequeña grieta, entró por ella.
Primero recuperó uno de los breaks. Después comenzó a cambiar la dinámica de un encuentro que durante buena parte del tercer set había pertenecido al canadiense. El marcador pasó del 1-5 al 2-5, después al 3-5 y terminó convirtiéndose en una secuencia que Shapovalov ya no pudo detener.
Seis juegos seguidos.
Del 1-5 al 7-5.
De estar prácticamente fuera de Cincinnati a conseguir su primera victoria en el torneo.
No hace falta convertir cada remontada en una explicación definitiva sobre la mentalidad de un jugador. El tenis también contiene inercias, errores del rival y partidos que cambian de dirección sin previo aviso. Pero cuando determinadas situaciones empiezan a repetirse, dejan información.
En el caso de Jódar, la repetición empieza a ser demasiado evidente para considerarla una casualidad. El español presenta esta temporada un balance de 14 victorias en los 17 partidos que han necesitado una manga definitiva, ya sea al mejor de tres o de cinco sets. Y la tendencia se ha acentuado todavía más recientemente: los últimos siete sets decisivos que ha disputado han terminado cayendo de su lado. Shapovalov fue simplemente el último en comprobarlo, aunque probablemente de la manera más extrema, después de colocarse 5-1 arriba y disponer de dos puntos de partido antes de ver cómo Jódar enlazaba seis juegos consecutivos.
Jódar está aprendiendo muy pronto a sentirse cómodo en la incomodidad.
Ya lo había demostrado en partidos a cinco sets durante los Grand Slam. También en Washington, donde necesitó encontrar soluciones diferentes a lo largo de una semana que terminó llevándole hasta la final. O en Canadá, gestionando por primera vez la acumulación de partidos y el desgaste de competir dos semanas seguidas hasta las rondas decisivas.
Cincinnati ha llevado esa capacidad al extremo.
La particularidad es que todo está sucediendo prácticamente a la vez.
Jódar no ha tenido varias temporadas para ir añadiendo herramientas poco a poco. Está aprendiendo sobre la marcha mientras su ranking y sus resultados avanzan a una velocidad que le obliga a enfrentarse constantemente a escenarios nuevos.
La tierra batida le pidió una cosa.
La hierba, otra.
La pista dura norteamericana le está reclamando muchas más.
En Washington tuvo que demostrar que podía atacar y tomar decisiones con menos tiempo. En Canadá, que podía mantener la continuidad después de una semana extraordinaria. Cincinnati le ha obligado a demostrar que todavía puede encontrar un camino cuando el tenis y el marcador parecen habérselo cerrado.
Y cada examen está dejando una respuesta diferente.
Por eso quizá su progresión no se entienda únicamente observando los resultados. Jódar ha ganado un título, ha alcanzado cuartos de final de Grand Slam, una final ATP 500 y unas semifinales Masters 1000, pero detrás de esas rondas aparece algo potencialmente más valioso: un jugador que no parece necesitar siempre el mismo partido para ganar.
Puede dominar. Puede resistir. Puede remontar.
Puede jugar rápido o aceptar intercambios largos. Puede ganar cuando llega fresco y competir cuando acumula dos semanas cargadas en las piernas. Puede desenvolverse desde una posición favorable y, como acaba de comprobar Shapovalov, también cuando el marcador parece haberse marchado demasiado lejos.
Eso no significa que siempre vaya a encontrar una salida.
Significa que cada vez hay más puertas por las que buscarla.
Su victoria en Cincinnati prolonga además una secuencia extraordinaria durante este verano norteamericano. Finalista en Washington, semifinalista en Canadá y ya con una victoria en Ohio, Jódar apenas ha tenido tiempo para detenerse durante las últimas semanas.
Hace solo tres días estaba disputando las semifinales en Montreal ante Nakashima. Llegó a Cincinnati, cambió de torneo y volvió a competir.
Y cuando parecía que finalmente el depósito podía quedarse vacío, encontró seis juegos más.
Ahora le espera Alejandro Tabilo, precisamente el jugador que le derrotó con claridad en Indian Wells durante la primera parte de la temporada. Otro rival conocido, pero también otra oportunidad para comprobar cuánto ha cambiado Jódar desde entonces.
Porque esa es probablemente la sensación que empieza a acompañar a su 2026.
Cada cierto tiempo reaparece un jugador que ya le conocía.
Y se encuentra con uno distinto.