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El viaje de Jódar: de júnior a profesional... en mayúsculas

El español consiguió su primer título ATP con 19 años en Marrakech
April 05, 2026
Rafa Jódar, tras ganar el US Open Júnior en 2024.
Jamie Squire/Getty Images
Rafa Jódar, tras ganar el US Open Júnior en 2024. By Redacción ATP

Rafa Jódar ganó este domingo su primer título ATP en Marrakech y, con 19 años, esa frase ya no es un horizonte ni una promesa: es un punto de partida nuevo. Uno que cambia el marco. Porque, cuando llega el primer título ATP Tour, el ruido alrededor se dispara —la prisa por poner etiquetas, la tentación de hacer cuentas, la necesidad de convertir una semana en una predicción— y, sin embargo, sus primeras reflexiones tras conquistar la copa dejaron otra cosa: la sensación de que él sigue mirando el tenis desde un lugar muy suyo, muy de casa, muy de “esto va de hoy”.

En un encuentro en el que estuvo presente ATPTour.com, a Jódar le preguntaron por la velocidad de su progresión, por lo rápido que está yendo todo, por si se imaginaba un primer año profesional así, con tanto éxito tan pronto. Y su respuesta, incluso antes de desarrollarse, fue casi un reflejo: el trabajo como única explicación posible, sin necesidad de adornarlo.

Jódar no lo explicó desde la sorpresa. Lo explicó desde la continuidad, como quien siente que esto no ha salido de la nada, sino del trabajo sostenido de los últimos meses. “Yo sabía que estaba haciendo las cosas bien, que estaba trabajando muy bien y mejorando mucho mi nivel en estos últimos meses”, dijo el joven madrileño. “Al final, los resultados no dependen solo de ti porque hay otros factores que no puedes controlar. En general, he estado haciendo las cosas muy bien y eso ha dado sus frutos esta semana aquí en Marruecos”.

Es una frase que ordena el relato de golpe: el resultado no es una promesa, es una consecuencia. Y también introduce algo importante en un chico de 19 años que acaba de ganar: la capacidad de separar lo que depende de él de lo que no. En un circuito donde la tentación es medirlo todo por el ranking y por el titular, Jódar se agarra a lo que controla: trabajo, mejora, proceso.

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La final, además, no la dibuja como una montaña emocional, sino como un partido que se construye con un plan y con un ajuste continuo. “Sabía que tenía que hacer las cosas como en esta semana. Ha sido mi primer torneo en tierra esta temporada. Tenía un plan de partido que ha salido bien, y según ha avanzado la final he ido a mejor”, dijo. “No tenía ninguna presión. Soy muy joven y me quedan muchos partidos por jugar para mejorar mi nivel. Esto me dará más motivación para seguir trabajando duro, como he hecho siempre”.

Ahí está la clave de su semana: la ausencia de presión como herramienta competitiva. No como inconsciencia, sino como libertad. Jódar habla como alguien que entiende que el título es importante, pero que no puede convertirse en una cárcel. Y por eso su discurso, incluso en el día más grande de su carrera, no se centra en la celebración sino en el día siguiente. En cómo volver al trabajo sin que el trofeo te cambie.

Ese enfoque también explica la idea que más repite y la que mejor define su manera de estar en la pista. Para él, el tenis no se ha convertido en un oficio. No se ha convertido en una obligación gris. Sigue siendo, en su cabeza, un lugar donde se disfruta, aunque haya días malos y aunque el resultado no acompañe. “Siempre digo lo mismo y lo diré: es algo que se me ha dado muy bien desde pequeño. He disfrutado y he ido mejorando poco a poco, sin saltarme pasos. Primero fue en la etapa júnior y luego he ido cogiendo experiencia en el circuito. Para nada es un oficio. Siempre que juego es para divertirme, sea entrenando o compitiendo. Algunas veces no van bien los resultados, pero eso no significa que esté dejando de disfrutar en la pista”.

Esa frase —larga, sin pose, muy de verdad— es casi un manifiesto. Porque en el tenis profesional hay una frontera delicada: cuando empiezas a ganar, es fácil que la diversión desaparezca y lo sustituya la obligación de sostenerlo. Jódar, en cambio, insiste en lo contrario: ganar no puede ser el único motivo, y perder no puede ser la excusa para dejar de disfrutar. De ahí que su relación con los objetivos sea también muy particular. No los niega, pero no quiere que se conviertan en presión.

“Ponerse un objetivo nunca es bueno. No hay que meterse esa presión. Este título me da más motivación para seguir trabajando día a día, siendo una persona humilde. Todavía queda margen de mejora, como decía antes. Ahora a disfrutar del título en Marruecos y mañana a pensar en el siguiente torneo. Cada semana es diferente y todavía queda mucho camino por delante”.

La frase “mañana a pensar en el siguiente torneo” te dice, de golpe, en qué punto mental está. No es frialdad: es supervivencia competitiva. El circuito no se detiene a aplaudirte. Y él lo interpreta desde una lógica muy sana: el título no te garantiza nada, solo te abre una puerta. Lo que viene después es volver a entrar en pista y aceptar que el tenis, por definición, no ofrece certezas.

“Siempre que entras a una pista de tenis puede pasar cualquier cosa, ganar o perder ante cualquier rival. Al final, estás jugando contra alguien que te pone dificultades, que te demuestra su nivel. Tú tienes que intentar buscar la manera de salir adelante”.

Esa mirada del tenis como problema a resolver —no como destino asegurado— es la que explica también su manera de construir la carrera: paso a paso, sin saltarse etapas, acumulando partidos, acumulando experiencia. Y ahí aparece una parte emocional que, en su discurso, tiene mucho peso: el origen. La infancia como espacio de libertad, la familia como soporte, el deporte como juego antes de ser profesión.

“De pequeño, me gustaba jugar a todos los deportes: tenis, fútbol, baloncesto… Me encanta practicar deporte con mi familia. Vimos que en el tenis podía pasármelo muy bien y mejorar mucho mi nivel. Lo recuerdo como una etapa muy bonita. Gracias a mi familia, en mi infancia pude hacer todo tipo de deportes y jamás me pusieron presión para elegir uno en concreto. Fue una elección mía”.

No es un detalle menor. Porque en muchos casos el éxito temprano viene con un relato de exigencia. En el suyo, el relato es de elección. De encontrar algo que le gustaba y convertirlo, poco a poco, en un camino. De ahí que la palabra “proceso” le encaje tan bien: no habla como alguien que ha llegado de golpe, sino como alguien que se ha ido adaptando a base de jugar, de competir, de aprender a sobrevivir en un nivel nuevo.

“He ido partido a partido, torneo a torneo. Sabía que tenía que jugar muchos encuentros para adaptarme a este nivel. Yo siempre pienso que quiero más, quiero mejorar y ser mejor jugador. Ese va a ser siempre mi objetivo. Estoy muy feliz de que el tenis me haya permitido vivir estas experiencias”.

Ese “quiero más” no es arrogancia: es motor. Y convive con otra idea que también le protege: no compararse. No mirar al de al lado para medir su valor. Seguir su camino.

“Sigo mi camino, no tengo que compararme con nadie. Así es como ha sido siempre”.

La victoria en Marrakech, por eso, no es solo el título. Es la confirmación de que puede competir con esa filosofía y, además, ganar. Que puede disfrutar y, a la vez, creer en el resultado. Que puede tener ambición sin convertirla en presión.

“Puedo disfrutar en una pista de tenis, pero creer en que el resultado sea positivo. Las cosas han ido muy bien aquí desde el primer partido. Para ganar un título siempre hay que encarar dificultades, pero he sabido gestionarlos bien. Estoy muy contento de poder lograr mi primer título aquí en Marrakech”.

Y el cierre vuelve a ese mismo punto de partida: el circuito como escalera real, como un lugar donde cada semana te pone delante gente muy buena, donde el crecimiento no es lineal y donde el reto está precisamente en mejorar cuando el rival te obliga.

“Cada uno debe seguir su camino, mejorando y aprovechando su propio nivel de juego. Me motiva que haya jugadores muy buenos que te planteen problemas y dificultades durante los partidos. Quiero mejorar mi nivel cuando juegue contra ellos”.

Ahí está el retrato completo del campeón de Marrakech. Un chico de 19 años que gana su primer título ATP, que este lunes será No. 57 del PIF ATP Rankings y que, en lugar de mirarse al espejo para convencerse de que ya llegó, prefiere mirar hacia delante con una frase sencilla: mañana, otro torneo. Otra semana. Otro paso. Y, sobre todo, la misma idea que le ha traído hasta aquí: seguir mejorando sin dejar de disfrutar.

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