Roger Federer ingresará en el Salón Internacional de la Fama del Tenis en Newport (Rhode Island) este sábado por la tarde. Después de más de cinco años desde que puso fin a su ilustre carrera con su último partido individual, a sus 45 años dará un paso más para situarse junto a los mejores jugadores de la historia de nuestro deporte.
La leyenda suiza conquistó 103 títulos a lo largo de su carrera, 20 de ellos de categoría Grand Slam y ganó un total de 1.251 partidos. Además, pasó 310 semanas como No. 1 del PIF ATP Rankings, conservando el récord de semanas consecutivas en lo más alto (237).
La lista de logros es interminable: 10 finales de Grand Slam consecutivas entre Wimbledon 2005 hasta el US Open 2007, 23 semifinales de Grand Slam consecutivas entre Wimbledon 2004 y el Abierto de Australia 2010, así como 36 presencias en cuartos de final consecutivas. Federer posee seis cornas en las Nitto ATP Finals, 28 títulos ATP Masters 1000 o cinco temporadas finalizadas como No. 1 a final del año (ATP Year-End No. 1 presented by PIF).
Pero ni siquiera la grandiosidad de sus números define a Roger Federer. El de Basilea va mucho más allá del tenis e, incluso, del mundo del deporte. Es un icono.
Cuando Federer jugó su primer partido ATP Tour en Gstaad en julio de 1998, a los 17 años, era imposible predecir que en el futuro iba revolucionar nuestro deporte. En 24 años como profesional, aquel niño nacido en Suiza que el sueño de llegar alto se convirtió en un mago capaz de conquistar el corazón de millones de aficionados en todo el planeta.
Lo hizo con una derecha letal, un elegante revés a una mano —muchas veces infravalorado—, un juego ágil en la red, delicado toque y uno de los mejores saques de la historia de este deporte. Los golpes entre las piernas, los espectaculares SABR (ataque sorpresa de Roger) de la etapa final de su carrera fueron una seña de identidad.
A pesar de no haber jugado mucho últimamente, Federer pisó el césped de Newport este viernes, donde pudo compartir pista con su compañero del Club de los No. 1 ATP John McEnroe, conectando una volea ganadora por la espalda. Porque no sólo es capaz de hacerlo, sino de acompañarlo de una sonrisa.

Foto: Joe Faraoni/Salón Internacional de la Fama
La gente simplemente quería estar ahí para ver jugar a Federer. La mayoría de los aficionados que ven a sus jugadores favoritos esperan que ganen. Pero con Roger —sí, una de esas personas a la que todos identifican de inmediato sólo por su nombre— era diferente.
Como David Foster Wallace escribió una vez, había ‘Momentos Federer’. Simplemente tenía que estar en la grada o delante de la televisión para esperar verlos.
Federer es una persona tranquila, con estilo. Se le considera el ‘James Bond’ del tenis. Pero cuando llegaba la competición, quería ganar. Sus innumerables formas de celebrar la victoria —grandes saltos, enorme sonrisa o brazos en alto— así lo confirmaban una y otra vez.
Roger siempre ha sabido encontrar, además, las palabras adecuadas. Quizás el momento que refleja de mejor manera la persona que hay detrás del deportista se remonta a 2024, cuando fue el encargado de pronunciar el discurso de graduación de Darmouth College.
“Retirada. Es una palabra terrible”, dijo Federer entonces. “He terminado algo muy grande y estoy dando el paso siguiente. Como vosotros, estoy descubriendo cuál es”.
¿Qué sería del mundo del tenis sin Roger? La verdad es que Federer no se ha marchado. La ilusión que crea su regreso, cada vez que ocurre, sigue intacta, tal y como pasaba en su etapa como jugador. El aura del antiguo No. 1 del mundo no se ha apagado. A la gente le gusta tan solo escuchar su nombre.
Pero, quizás, la idea más común sobre Roger Federer es que es mucho más que un ser humano. Sí, es uno de los mejores jugadores de la historia que ha dejado incontables momentos inolvidables en este deporte. Pero el suizo, que sigue siendo el centro de atención en cualquier espacio que pisa, es mucho más que su figura en la pista.
“La falta de esfuerzo es un mito. En serio. Lo digo como alguien que ha oído mucho esa palabra”, reconoció Federer en su discurso en Darmouth. “La gente decía que mi juego era sin esfuerzo. La mayoría de las veces, lo decían como un cumplido. Pero solía frustrarme cuando decían: “Apenas ha roto a sudar” o “¿No se está esforzando?” La verdad es que había trabajado muy duro para que pareciera fácil”.

John McEnroe, Lleyton Hewitt, Stan Smith, Roger Federer y Stefan Edberg. Foto: Ben Solomon/Salón Internacional de la Fama
Federer presenta una rivalidad Lexus ATP Head2Head desfavorable frente a sus dos mayores rivales: Rafael Nadal (16-24) y Novak Djokovic (23-27). Hubo una mítica final en Wimbledon 2008, en la que Nadal encontró la manera de superar al suizo cuando caía la noche en la Centre Court. Una semifinales del US Open 2011, cuando estaba a un solo punto de derrotar a Djokovic, pero el serbio hizo un espectacular resto que cambió el signo del encuentro. O la final de Wimbledon 2019, en la que Federer ganó 14 puntos más.
Como Roger dijo, no existe la perfección. Todos ganan y todos pierden. Es lo normal y parte de la vida. Roger nunca perdió esa perspectiva. De hecho, la hizo suya.
Por eso le hemos visto llorar. Nunca hubo dudas de lo mucho que el suizo apreciaba lo que hacía y sólo había que mirar a sus ojos. En los buenos y en los malos momentos, Federer no reparó en mostrar sus emociones —muchas veces en forma de lágrimas— que reflejaban la pasión que ponía cada vez que saltaba a la pista.
En muchas ocasiones, Federer redefinió los límites de nuestro deporte: desde su récord de 237 semanas como No. 1, superar a Pete Sampras con 14 títulos de Grand Slam hasta una gran cantidad de golpes que hoy parecerían generados con Inteligencia Artificial. El suizo aportó mucho al mundo del tenis.
“Se ha hablado mucho sobre mi personalidad y lo que aporté al deporte en general, cuando no estaba en la pista, lo que me sorprendió un poco. Pensaba que lo importante era la derecha, el revés, salvar puntos de break, las victorias y todo esto”, señaló Federer esta misma semana en Flushing Meadows.
“Pero con el tiempo no es que pase a ser irrelevante, pero lo importante es por qué te recuerdan, cómo te comportabas en el vestuario o en los pasillos, o quizás con los medios de comunicación, o con los directores de los torneos, los ballkids… no lo sé”, añadió.
“Si miro atrás, estoy orgulloso de ello: haber estado 25 años en el circuito y ver que hice muchos amigos y mucha gente me echa de menos”.
Por eso Roger Federer encaja indudablemente en el Salón Internacional de la Fama del Tenis.