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Channel Slam: la montaña que afronta Zverev en Wimbledon

El alemán, ganador de Roland Garros, busca el doblete en el All England Tennis Club
July 01, 2026
Alexander Zverev, durante su estreno en Wimbledon.
Cameron Spencer/Getty Images
Alexander Zverev, durante su estreno en Wimbledon. By Redacción ATP

Alexander Zverev llega a Wimbledon con una copa que cambia cualquier conversación sobre su carrera. El alemán conquistó Roland Garros, levantó su primer título de Grand Slam y cerró en París una espera que había acompañado durante años a uno de los jugadores más consistentes de su generación.

Pero el calendario no concede demasiado tiempo para detenerse.

Apenas unas semanas después de ganar sobre la tierra batida de Roland Garros, Zverev aterriza en Wimbledon ante un desafío que ha separado históricamente a los grandes campeones de los jugadores capaces de construir algo todavía más raro: ganar París y Londres en el mismo año. El llamado Channel Slam.

No hay demasiados precedentes. En la Era Abierta, solo seis hombres lo han conseguido. Rod Laver fue el primero, en 1969. Bjorn Borg lo hizo tres años consecutivos, entre 1978 y 1980. Rafael Nadal lo consiguió en 2008 y 2010. Roger Federer lo firmó en 2009. Novak Djokovic lo añadió en 2021. Y Carlos Alcaraz fue el último en entrar en ese grupo, en 2024.

Nueve dobletes en más de medio siglo de tenis profesional. La cifra explica el tamaño de la montaña.

No se trata únicamente de ganar dos Grand Slam consecutivos. El problema es que Roland Garros y Wimbledon exigen, en apenas cuatro semanas, dos versiones casi opuestas de un jugador. París pide paciencia, resistencia, altura sobre la pelota, capacidad para convivir con intercambios largos y una fortaleza física capaz de sostener partidos de cuatro y cinco horas sobre tierra. Londres exige acelerar la toma de decisiones, cuidar el servicio, restar bajo, proteger la posición de pista y aceptar que un mal juego puede cambiar un set entero.

Entre la arcilla roja y la hierba verde hay menos de un mes de distancia en el calendario. Tenísticamente, a veces parecen continentes distintos.

Zverev conoce bien la primera parte. Su título en Roland Garros confirmó una versión especialmente madura de su tenis. El alemán ha construido buena parte de sus grandes resultados desde la consistencia de fondo, el peso de su revés, la capacidad para abrir pista desde la línea de base y un saque que, cuando funciona, le permite competir con cualquiera. Sobre tierra, esos elementos adquieren tiempo. Puede preparar los golpes, mover al rival, alargar los puntos y convertir la pista en un ejercicio de control.

Wimbledon es otra cosa.

La hierba no elimina sus virtudes, pero obliga a utilizarlas de otra manera. El saque gana peso inmediato. La primera derecha puede decidir más que una secuencia de 10 golpes. El bote bajo castiga a los jugadores que llegan tarde. El margen para construir un punto se reduce. Y, sobre todo, el rival puede escapar con más facilidad de los momentos incómodos si consigue encadenar buenos servicios.

Por eso el Channel Slam tiene tanto valor. No premia solo a quien es excelente en una superficie. Premia a quien puede transformarse rápido sin perder su identidad, demostrando capacidad de adaptación.

Rod Laver fue el primer hombre de la Era Abierta en lograrlo, en 1969, durante la temporada en la que completó el segundo Grand Slam natural de su carrera. El australiano ganó Roland Garros y Wimbledon como parte de un recorrido todavía más grande, el de conquistar los cuatro grandes en un mismo año. Su doblete París-Londres quedó asociado a una época en la que los mejores jugadores empezaban a competir juntos de manera regular, pero ya dejaba una idea que sigue vigente: dominar esas dos semanas consecutivas de Grand Slam requiere un nivel de adaptación fuera de lo común.

Borg llevó ese dominio a otra dimensión.

El sueco ganó Roland Garros y Wimbledon en 1978, 1979 y 1980. Tres años seguidos. Ningún jugador ha repetido una secuencia semejante. Su caso sigue siendo extraordinario porque, en teoría, su tenis parecía construido para la tierra: enorme físico, regularidad desde el fondo, paciencia y una capacidad inmensa para desgastar al rival. Pero Borg encontró en la hierba una fórmula distinta. No se limitaba a sobrevivir. Sacaba y voleaba con más frecuencia, atacaba con decisión y aprovechaba su tranquilidad competitiva para no desordenarse cuando el punto se comprimía.

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Su triple doblete sigue siendo una de las grandes rarezas de la historia del tenis. Ganar Roland Garros una vez y Wimbledon una vez ya es difícil. Repetirlo tres veranos consecutivos parece casi una contradicción con la lógica de las superficies.

Nadal fue el siguiente en demostrar que esa transición podía conquistarse desde una identidad profundamente asociada a la tierra batida. En 2008 ganó su cuarto Roland Garros consecutivo y después derrotó a Roger Federer en la final de Wimbledon más famosa de la historia. El español no llegó a Londres como un jugador que hubiera aprendido a defenderse sobre hierba. Llegó como un candidato real al título, después de haber perdido las finales de 2006 y 2007 ante el suizo.

La victoria de 2008 cambió su relación con el torneo. Nadal no solo logró el Channel Slam. Derribó una de las últimas dudas que quedaban sobre su capacidad para dominar fuera de la tierra. Dos años después, en 2010, volvió a repetir el doblete. Ganó Roland Garros sin perder un set y conquistó Wimbledon derrotando a Tomas Berdych en la final.

Nadal enseñó que la adaptación no consiste siempre en renunciar a lo que uno hace mejor. Su derecha siguió siendo pesada, su defensa siguió siendo enorme y su intensidad no cambió. Lo que modificó fue el uso de esas herramientas. Mejoró el servicio, atacó antes y entendió cuándo debía tomar la iniciativa para no quedarse atrapado en puntos demasiado cortos.

Federer completó el doblete en 2009, un año especialmente importante en su carrera. Ganó Roland Garros por primera vez, y completó así el Grand Slam. Después llegó a Wimbledon y levantó su sexta copa en Londres, derrotando a Andy Roddick en una final que se decidió 16-14 en el quinto set.

Para Federer, el reto era casi inverso al de Nadal. Wimbledon era su territorio natural. Roland Garros, el gran examen pendiente. Ganar en París le permitió resolver la última pieza que faltaba en su palmarés. Ganar después en Londres fue la confirmación de que podía sostener una temporada de máxima exigencia entre dos torneos con demandas opuestas.

Djokovic añadió su nombre en 2021.

El serbio llegó a París con la posibilidad de completar el segundo paso de su intento de Grand Slam natural y ganó Roland Garros después de derrotar a Nadal en semifinales y a Stefanos Tsitsipas en la final. Semanas más tarde, en Wimbledon, volvió a imponer su autoridad ante Matteo Berrettini para levantar su sexta copa en Londres.

Su Channel Slam tuvo una lectura muy particular. Djokovic ya era uno de los jugadores más completos de todos los tiempos y había ganado Wimbledon cinco veces antes de ese verano. Pero conquistar París y Londres seguidos le permitió unir dos partes muy distintas de su tenis: la paciencia y la elasticidad para sobrevivir en tierra, y la devolución, la precisión al saque y la gestión de los momentos de presión en hierba.

Alcaraz fue el último en incorporarse a la lista, en 2024.

El español ganó Roland Garros en una temporada marcada por la exigencia física y por la capacidad de elevar su nivel en los grandes partidos. Luego llegó a Wimbledon como campeón defensor y volvió a derrotar a Djokovic en la final. A sus 21 años, se convirtió en el jugador más joven en ganar Roland Garros y Wimbledon en la misma temporada.

Su caso resume una versión moderna del Channel Slam. Alcaraz puede jugar desde el fondo sobre tierra, defender, levantar la pelota y crear puntos largos. Pero también puede sacar con precisión, atacar la red, utilizar la dejada y acelerar la derecha en hierba. Su tenis no se adapta a las superficies desde la paciencia, sino desde la variedad. Tiene soluciones para que la transición no parezca una obligación, sino otra oportunidad para cambiar de registro.

Zverev entra ahora en esa conversación desde otro lugar.

El alemán, que debutó en el All England Tennis Club este martes venciendo a Alexander Blockx, no llega a Wimbledon con la historia de un especialista de hierba. Tampoco con la tranquilidad de haber ganado antes en Londres. Su mejor resultado en el torneo ha sido alcanzar los octavos de final, una distancia enorme respecto a la cima que acaba de tocar en París. Eso convierte el desafío en algo todavía más interesante.

La copa de Roland Garros le entrega confianza, pero también le sitúa bajo una atención distinta. Hasta hace unas semanas, Zverev era uno de los mejores jugadores sin un título de Grand Slam. Ahora es campeón de un grande. Cada torneo posterior se interpreta desde esa condición nueva. Wimbledon le permitirá comprobar cómo responde su tenis después de cambiar por completo de superficie, ritmo y expectativas.

Hay elementos que pueden ayudarle. Su saque puede ser una herramienta decisiva sobre hierba. Su revés plano tiene capacidad para mantener la pelota baja. Su experiencia en grandes partidos le permite entender la presión de los momentos decisivos. Y su altura le da un margen natural para generar daño desde el primer golpe.

Pero el Channel Slam no se resuelve desde la teoría.

Exige encadenar siete partidos. Otros siete partidos. Exige sobrevivir a un rival inspirado en primera semana. Exige aceptar que quizá habrá tie-breaks, sets sin breaks y tardes en las que el saque del otro puede convertir cada resto en una batalla. Exige recuperar rápido después de París y encontrar automatismos sobre una superficie que no perdona las dudas.

Solo seis hombres han conseguido hacerlo en la Era Abierta. Borg lo convirtió en costumbre. Nadal lo hizo dos veces. Federer y Djokovic lo añadieron a carreras ya gigantescas. Alcaraz enamoró lográndolo a toda velocidad. Zverev, recién estrenado como campeón de Grand Slam, tiene ahora la posibilidad de descubrir por qué este doblete sigue siendo una de las pruebas más difíciles que ofrece el calendario.

Roland Garros le dio la primera cima. Wimbledon le presenta otra montaña.

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